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Me siento pequeño ante tantas cosas delente de mí que no puedo resolver una buena manera de quedarme quieto, asegurarme en el sitio donde estoy y donde todo se mueve. Conozco a donde voy porque reconozco mis límites. Algo me paraliza. Mis sentidos palpitan a la vez que mis pensamientos. Soy un cúmulo de razones y de contradicciones. Guardo una revolución interna e incierta. La insertidumbre hace que siga dento de esto, por la sencilla razón de la curiosidad: quisiera saber de qué forma terminarán estas palabras, si seguiré con lo mismo el día de mañana, si en la noche llegará la respuesta que busco y que no existe. La duda que todo esto sea una ilusión que he creado para no aburrirme, o bien, saber que todo esto no es tan sólo esto, sino que existen cosas más allá (que pasan mis fronteras) y mas acá (tan cercanas que no las he podido ver).
Hasta ahora solamente dos cosas me han detenido a seguir escribiendo: los apuros y las mujeres. Los primeros están cada día, en cada escritorio, en cada recado de la contestadora, mientras que las mujeres llegan en menor proporción, y aún así, en mi caso son las que me han detenido por más tiempo.
Hace días en un café, una mujer que desapareció en seguida me leyó el siguiente poema:
Trabajo en una escuela que está a cuarenta y cinco minutos de la ciudad. La población consta de unas 20 casas chicas, un preescolar, una primaria, una secundaria, un cuarto de enfermería y dos tienditas. Y allá, en medio de cien alumnos que no hacen más que querer salir para mirar la carretera sola, está Vilma.
Guillermo Samperio es un autor que siempre sorprende, y no me refiero a que todos sus textos son excepcionales, sino que algunos son malos. Es así que Samperio es uno de los mejores cuentistas mexicanos por esa razón: por arriesgarse hacer cuentos donde se experimenta diferentes maneras de abordar una historia; y se atreve demasiado, que algunos de sus relatos caen estrepitosamente.
*A ti.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/